Milán Fabjanovic
Director de Corbiobío
En Chile, el nivel de satisfacción de la ciudadanía con la democracia es relativamente bajo, donde los ciudadanos han manifestado permanentemente su desconfianza en los partidos políticos y parlamentarios. Esta desconfianza se incrementa aún más en los jóvenes, situación que debiera preocuparnos a todos.
En cifras, la “VI Encuesta de Percepciones Políticas y Contingencia”, dada a conocer por el Centro de Estudios de Corbiobío, arroja que entre las instituciones más afectadas por la corrupción figuran precisamente los partidos políticos con 34.1 por ciento, los servicios públicos con 23.2 por ciento y los parlamentarios con 14.2. Otros datos nos indican que más del 70 por ciento piensa que los candidatos se preocupan de la gente sólo en época electoral y un 50 por ciento no se interesa en votar porque los partidos y candidatos no cumplen sus promesas. Así desgraciadamente se presentan las cosas.
Creo que nadie discutiría que el ideal democrático aspira a incorporar al mayor número posible de personas en el proceso de participación ciudadana.
Estudios muestran una fuerte asociación entre altos niveles de participación electoral y bajos niveles de conflicto. Experiencias de otros países también dan a conocer que para que exista una alta participación ciudadana, la inscripción electoral debe ser automática y el voto obligatorio y supeditado, a que el voto del ciudadano refleje un peso efectivo en las decisiones políticas, económicas, sociales y culturales que le puedan afectar. Así, votar se transforma en un derecho, en un deber y en un compromiso.
El establecimiento de regiones con los más altos grados de autonomía, decisión y recursos, genera justamente los espacios necesarios para resolver el problema de participación ciudadana, la que al involucrarse muy de cerca en la elección de las autoridades y en los programas de desarrollo de su región, se siente motivada y comprometida a cabalidad con la democracia.
La regionalización fomenta el “empoderamiento” y la participación de la población. La regionalización rompe las estructuras de poder políticas anquilosadas y la concentración del poder en manos de una elite.
Definitivamente, la regionalización hace a Chile un país más democrático.
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